Justo antes de que empezara la pandemia, muchos países habían dado luz verde a la prohibición de los plásticos de un solo uso. Parecía un gran paso. Habría menos bolsas plásticas en supermercados, menos cubiertos, palillos y bastoncillos, pero, como dicen por ahí, “de lo bueno, poco”. Llegó la pandemia y atrás quedó la ansiada medida.
La necesidad de cumplir con el #quédateencasa y con las medidas mínimas de bioseguridad para evitar el contagio del covid-19 ha obligado a mucha gente a adquirir más y más plástico que se desecha casi al instante por temor a que sea portador y transmisor del coronavirus.
Miles de comidas “para llevar” se entregan en envases y contenedores elaborados con este material, derivado del petróleo, que es altamente perjudicial para nuestro planeta. La mayoría de los equipos de protección sanitaria (guantes, mascarillas, escudos protectores, gorros, gafas, batas) y de asistencia médica (respiradores, ventiladores, jeringas de policarbonato, tubos médicos de PVC, bolsas de sangre, etc.) también son elaborados con él. Todos estos productos están diseñados para fomentar la cultura del “usar y tirar” y así sumar las cuentas bancarias de los fabricantes de plástico, y por supuesto de las empresas envasadoras y asociadas, llámense restaurantes, cafeterías, panaderías, supermercados, tiendas electrónicas, etc.