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La relación entre el militarismo y la crisis ambiental es cada vez más evidente

La creciente y aterradora industria militar no solo activa conflictos que acaban con la vida de cientos de personas en el mundo, sino que también es responsable de la destrucción de valiosos ecosistemas y el calentamiento global. Una investigación del Centro de Estudios por la Paz afirma que el militarismo y la crisis ambiental tienen una relación “inherente”.

el militarismo y la crisis ambiental

La guerra es un negocio. Por eso, los gobiernos no escatiman en el gasto militar. Fabrican y compran miles de armas, con el supuesto objetivo de defender la paz, la seguridad y la soberanía nacional e internacional, cuando en realidad lo único que verdaderamente les importa es ganar influencia, poder político y económico.

Según un estudio del centro Delas de Estudios por la Paz, en un año, específicamente el 2018, el gasto militar global fue de 1,8 billones de dólares. El 82% de tal gasto se concentró en los países del Norte, los mismos que integran el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU), que exportan 97% de las armas y que controlan más de 63.000 corporaciones transnacionales. Mientras que, como siempre, los países del Sur son los que sufren los efectos derivados de la actividad militar: sobreexplotación de recursos naturales, deforestación y contaminación, todo lo que en conjunto hace estallar una terrible crisis ambiental.

Huella de carbono de la industria militar

El militarismo tiene su gran cuota de responsabilidad en la atroz degradación ecológica que sufre nuestro planeta.

No es de extrañar porque en todas las etapas del ciclo económico militar se consume ingente cantidad de energía y recursos, bien sea en la producción de armamento, en los ensayos bélicos, en el transporte, la generación de residuos tóxicos o en la supuesta reconstrucción postconflicto.

Según el informe del centro Delas, las principales potencias militares, que representan 35,48% de la población mundial, generan 61,7% de las emisiones mundiales de dióxido de carbono (CO2).

Estados Unidos, que ha conquistado el mercado de armas desde hace algunas décadas, encabeza la lista de los principales contaminantes. No puede ser de otra manera, pues el país invierte en defensa 732.000 millones del presupuesto nacional, lo que supone 38% del gasto militar mundial, más del doble de la inversión china (261.000 millones) y rusa (65.000) juntas. Gracias a eso, sus Fuerzas Armadas son las que consumen más combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas) y emiten más gases de efecto invernadero que la mayoría de los países. Tan solo en el 2017, a través de la actividad militar, liberó a la atmósfera 212 millones de toneladas de CO2 .

Por su parte, en Europa, según un informe del Conflict and Environment Observatory y Scientists for Global Responsibility, el ejército emitió en 2019 24,8 millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2) equivalente, cifra que es similar a la producción de gases de efecto invernadero de unos 14 millones de automóviles. Esta investigación, titulada “Bajo el radar. La huella de carbono de los sectores militares europeos”, agrega que Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, España, Polonia y Holanda, aglutinan el 23% de las exportaciones de armas y que allí operan cinco compañías de tecnología militar que son responsables de la generación de más de un millar de kilotoneladas de CO2 equivalente: PGZ, Airbus, Leonardo, Rheinmetall y Thales. 

De esta manera, el sector militar contribuye al calentamiento global de la atmósfera y al consumo de recursos económicos que bien podrían emplearse para mitigar sus efectos y promover la solución de conflictos por vía diplomática. Así se consolida la aterradora relación entre el militarismo y la crisis ambiental.

principales productores y exportadores de armas

El negocio de las armas es un potenciador de conflictos sociales y ambientales

La fabricación y exportación de material bélico impacta de manera agresiva en el medio ambiente, pero también en los derechos humanos. Les hace más vulnerables, antes y después de cada conflicto armado, aún más en el Sur.

La cúpula del poder militar, para defender sus intereses, es capaz de vender armamento a grupos paramilitares al servicio de empresas extractivistas, violando con esto los tratados que regulan la exportación de armas. Esto incrementa las posibilidades de que se produzcan otros conflictos sociales: desapariciones forzadas, asesinatos, violaciones, acoso sexual y judicial y amenazas a familiares de activistas medioambientales y defensores de derechos humanos, asuntos que sirven como excusa para que los gobiernos eleven constantemente sus gastos militares.

“La justificación oficial es que, como hay tensiones y conflictos, hay que aumentar los presupuestos militares para tener capacidades suficientes para afrontar estas situaciones de tensión y peligro, pero en la medida que se incrementan los presupuestos se fomenta la maquinaria bélica y termina alimentando los mismos conflictos”.

Jordi Armadans, director de la Fundación para la Paz (Fundipau)

Pero, la militarización también afecta los movimientos migratorios asociados al cambio climático. Con el blindaje de las fronteras con ejércitos y la construcción de muros y vallas, como sucede en México y Melilla respectivamente, se impide que los desplazados y refugiados climáticos, agobiados por la escasez de recursos, puedan concluir su ruta migratoria.

El estudio del Delas afirma que todo ese armamento fabricado y exportado mayormente por Estados Unidos, Rusia, Francia, China, Reino Unido, Alemania, España, Israel, Italia, Corea del Sur y Australia, termina en los once países más vulnerables del mundo: Arabia Saudita (principal importador de armas) Somalia, Sudán del Sur, Afganistán, República Democrática del Congo, Chad, Yemen, Níger, Burundi, Camerún y Burkina Faso. En estas naciones existe mayor riesgo de crisis humanitaria por el calentamiento global, algo que podría cambiar si tan solo 10% del gasto militar global se invirtiera en resiliencia climática.

El militarismo también debe adaptarse a la transición energética

Todo indica que a medida que aumente el gasto militar, habrá más operaciones bélicas, más armamentos, más aviones de combate, más buques de guerra, más bases militares, más ensayos nucleares y por supuesto, mayor contaminación, pérdida de hábitat y de ecosistemas. Por eso, el informe del Delas exhorta a las naciones a incorporar en las estrategias de la transición ecológica el “desarme y desmilitarización: reducción del gasto militar mundial, conversión de la industria armamentística en industria de energías renovables, y desmantelamiento del arsenal nuclear”.

No obstante, esa necesaria transición energética, puede incrementar las presiones militares en las regiones del Sur Global para la extracción de recursos y minerales necesarios para la generación de energías limpias y la fabricación de baterías y componentes más “eficientes”, como pasa en el Salar de Uyuni con el litio. Así que los gobiernos y la sociedad en general tienen una enorme  responsabilidad, pues deben exigir, cambios radicales en los modelos de movilidad y consumo.

Las Fuerzas Armadas de EEUU son las más contaminantes del mundo
Si el Departamento de Defensa estadounidense fuera un país, sería el 47º mayor emisor de CO2 del mundo

El militarismo y la crisis ambiental no pueden ser temas tratados por separado. La industria armamentista, aunque muchas veces ha estado exenta de rendir cuentas sobre su actividad contaminante, debe al igual que todos los sectores productivos, ser examinada con lupa y someter a estrictos controles las emisiones provenientes de los ejércitos e industrias militares tecnológicas para garantizar que su labor no siga contribuyendo al cambio climático.

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