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Voladuras de oleoductos colombianos atentan contra la salud de los ecosistemas

En la última década, el conflicto armado en Colombia ha sido totalmente despiadado. Le ha declarado la guerra no solo a políticos, empresarios y civiles sino también al medioambiente. Con los recurrentes atentados contra la infraestructura petrolera ha desatado una verdadera catástrofe. Las voladuras de oleoductos colombianos están poniendo a los ecosistemas del país en emergencia y las consecuencias socio-económicas se hacen cada vez más visibles.

Voladuras de oleoductos colombianos atentan contra la salud del medioambiente

Para nadie es un secreto que Colombia tiene un trágico historial de violencia armada. El conflicto, por años, ha sido el pan de cada día. Millones de colombianos han visto cómo la confrontación entre el gobierno nacional de turno y los grupos guerrilleros se recrudece y acaba con cualquier esperanza de paz y reconciliación.

Los secuestros, asesinatos, amenazas, extorsiones y ataques contra diversas infraestructuras en las que tiene participación el Estado colombiano no cesan, no disminuyen, no desmayan. La guerra está declarada y promete no acabar, al menos no en un futuro cercano, pese a todos los llamados al cese del fuego y a las conversaciones de paz.

Los grupos armados se niegan a sacar la bandera blanca y poco les importa si en el intento de lograr su cometido político-social, acaban con la víctima más silenciosa (o silenciada): el medioambiente. Es lo que han hecho el Ejército de Liberación Nacional (ELN), las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y demás grupos paramilitares.

El petróleo, una táctica guerrillera

Una de las formas en las que el ELN y las FARC se hacen sentir con más fuerza es atentando contra el sector petrolero del país. Así ha sido desde 1963, cuando el ELN atacó a un oleoducto de la compañía Cities Services Intercol.

Desde entonces, las voladuras de los oleoductos colombianos, la activación de minas antipersonas, los disparos de francotiradores contra quienes intentan reparar las tuberías dañadas y el robo de millones de barriles de crudo se han convertido en una táctica guerrillera.

El ELN, las FARC y otros actores paramilitares y criminales han usado este método para castigar su exclusión en asuntos sociopolíticos, para golpear a la fuerza pública, posicionar su agenda política local y regional y fortalecer sus bases sociales. También, para activar válvulas ilícitas para el robo y contrabando de crudo y combustible y así alimentar su accionar delictivo en el país y fuera de sus fronteras. No obstante, según alegan los propios grupos subversivos, los atentados son para reivindicar su ideología nacionalista y plantar cara contra la llegada de transnacionales que vulneran la soberanía nacional, no aportan beneficios reales a la economía del país, se llevan todas las ganancias y destruyen el medioambiente.

Aquí viene la contradicción. Con esa burda excusa de defender los recursos naturales y frenar la actividad de Ecopetrol, la estatal petrolera colombiana, presionan y hostigan a las autoridades y comunidades a través de la destrucción de ecosistemas únicos.

Según la Asociación Colombiana de Petróleo, entre 2002 y 2015, bandas criminales organizadas robaron de los oleoductos del país al menos 9,3 millones de barriles de petróleo y 6,5 millones de ellos terminaron vertidos en ecosistemas naturales, ocasionando una tragedia ambiental silenciosa”.

ataques terroristas alteran equilibrio de suelos y aguas de Colombia
El derrame de petróleo altera la composición físico-química de los suelos y aguas de Colombia

Impacto social y ambiental de las voladuras de los oleoductos colombianos

Las voladuras de los oleoductos producen la ruptura de las tuberías que transportan hidrocarburos. Esto resulta en el derrame del crudo y su vertido en la naturaleza, donde este líquido negro actúa como un biocida, una sustancia que neutraliza, impide o destruye a cualquier organismo vivo.

Recordemos que los hidrocarburos:

  • Contaminan el suelo. No permiten que haya entrada de oxígeno. En consecuencia, reducen los procesos de transpiración, respiración, fotosíntesis y reproducción de las plantas, demás especies vegetales y microorganismos.
  • Contaminan el agua. El recurso hídrico pierde sus propiedades y disminuye su nivel de oxígeno, lo que obstaculiza el paso de la luz solar que hace posible la fotosíntesis del fitoplancton y deja en riesgo a las especies que habitan en los ecosistemas hídricos.
  • Perjudican la vida y desarrollo de los  animales. Les dificultan conseguir alimento y abrigo, imposibilitan sus movimientos, afectan el sistema circulatorio, respiratorio y digestivo, así como también, les aumenta el riesgo de sufrir alteraciones genéticas.
  • Contaminan el aire. Las explosiones o incendios producto de los ataques contra los oleoductos emiten ingente cantidad de material particulado, en especial dióxido de carbono y nitrógeno, gases que se concentran en la atmósfera, afectan la calidad del aire y contribuyen al efecto invernadero.

“Llega un momento en que los ecosistemas no aguantan más, colapsan y esto equivale a muerte de ríos y quebradas… Pocas especies pueden sobrevivir a esto. Y cuando ciertas especies ‘claves’ mueren, todo el tejido se rompe”.

Julio Fierro Morales, geólogo de la Corporación Terrae.

Estas consecuencias ambientales negativas de las voladuras de los oleoductos colombianos demandan el despliegue de cuadrillas especiales para ejecutar las necesarias reparaciones de tuberías para contener la fuga del hidrocarburo, también para la evaluación del impacto en los ecosistemas, la recolección del suelo y del material vegetal afectado y, en la medida de lo posible, la restauración ecológica del entorno. 

Pero, además, exigen la atención de las comunidades vecinas, pues con estos ataques terroristas se pone en riesgo la integridad de las personas. El derrame del crudo afecta el suministro y distribución del agua de quienes se benefician directa e indirectamente de las fuentes hídricas contaminadas y daña la calidad de la tierra y por tanto, los cultivos, lo cual compromete la seguridad alimentaria y el sustento económico de cientos de personas. Además, de la salud puesto que los gases emitidos por las explosiones, son irritantes y pueden causar afecciones respiratorias y cutáneas.

el petróleo colombiano es motivo de conflicto
La industria petrolera colombiana es una bomba de tiempo que amenaza con dinamitar ecosistemas únicos del país

El dramático caso de Caño Limón – Coveñas

Desde su puesta en funcionamiento hace 35 años, el oleoducto Caño Limón-Coveñas (OCC) ha sido volado más de 1.500 veces. La primera ocasión fue el 4 de julio de 1986, luego al cabo de dos años. Después, en 1990 pero con el paso del tiempo, los ataques a esta instalación con capacidad para transportar unos 200.000 barriles de petróleo cada día, se han hecho más recurrentes y destructivos.

En los últimos cinco años van más de 300 atentados contra esta infraestructura de Ecopetrol y hasta la fecha, se han derramado cerca de 4 millones de barriles de petróleo. Este líquido aceitoso ha invadido ríos, quebradas y suelos, inclusive de zonas naturales protegidas, de los departamentos de Arauca, Boyacá, Bolívar, Cesar, Norte de Santander, Magdalena y Sucre.

Los efectos de tal situación, sumados a los del tráfico de madera y el cultivo de coca en laboratorios clandestinos, están poniendo en peligro la salud de la fauna y la flora endémica, pero también de la población.

  • Tan solo en el 2018, los derrames de crudo gracias a decenas de ataques contra el OCC afectaron unos 65 metros cuadrados de suelo y aproximadamente 40.500 metros de cuerpos de agua.
  • Los ríos Arauca, Tibucito, Tibú, Caño Cinco, Samanes y Catatumbo y Tarra, y las quebradas El Loro, EL Carmen, Caño Victoria Sur, La Medrosa y la Pérdida, han quedado seriamente comprometidos gracias al derrame de gran cantidad de petróleo.
  • Decenas de animales (peces, anfibios, mamíferos y reptiles) están en riesgo.
  • Habitantes de las zonas aledañas a la infraestructura tienen problemas para acceder al agua potable.
  • Las comunidades indígenas  han sido forzadas al desplazamiento.

Ante tal emergencia ambiental sostenida en el tiempo, el personal de Ecopetrol y del Consejo Departamental de Gestión de Riesgo de Desastres ha hecho inversiones millonarias en la reparación de las tuberías y ha instalado barreras para tratar de contener, una y otra vez, el flujo del petróleo y la devastación que lleva a su paso.

Sin embargo, los expertos advierten que pese a todos los recursos que puedan destinarse para ello, la recuperación, remediación y descontaminación del ecosistema puede tomarse al menos unos 20 años y tal vez, ni siquiera sea posible en los próximos 50, 80 o 100 años. Muchas de las especies y entornos naturales pueden perderse definitivamente. Esto es gravísimo y aún así las medidas, protocolos y procedimientos adoptados, tanto para prevenir la ocurrencia de estos hechos como para mitigar sus efectos, siguen siendo ineficaces e insuficientes.

Las voladuras de los oleoductos colombianos dejan daños económicos, sociales y ambientales de proporciones incalculables y muchas veces, irreparables. Lo mismo pasa con la explotación, ilegal y también la legal y controlada de hidrocarburos. Así que Ecopetrol, aunque no dinamite oleoductos, también es un promotor del ecocidio en el país suramericano. Como también lo es el Estado al otorgar concesiones a multinacionales despiadadas que practican el fracking en Colombia.

Desde todo ángulo, el petróleo se ha convertido en un arma letal contra la naturaleza y los Derechos Humanos, un arma que el hombre utiliza a su antojo y conveniencia y en desmedro de su propia existencia.

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