A finales del siglo XVIII, el economista Thomas Malthus (1766-1834) planteó que la sobrepoblación sería un problema, ya que la Tierra cuenta con recursos limitados y eso podía poner en riesgo la recuperación cíclica de tales recursos y el futuro de las próximas generaciones.
En ese entonces, él vaticinó una catástrofe que finalmente no ocurrió: la muerte de alrededor de 121 millones de personas por hambre ante la falta de alimentos. Afortunadamente no pasó, pero la misma industria alimenticia que podría decirse que salvó la vida de esos 121 millones de personas se encargó de destruir el destino de otras generaciones al arrasar con los bosques y contaminar suelos, aguas y aire con fertilizantes químicos. Una práctica muy común de la agroindustria.
Más tarde, la relación entre la finitud de los recursos y el crecimiento poblacional de Malthus fue secundada por el periodista y ecologista norteamericano, Alan Weisman, en sus libros “La cuenta atrás” y “El mundo sin nosotros”. Él dice que “si no fuéramos tantas personas no tendríamos problemas ecológicos. Todos los problemas del medioambiente están basados en la cantidad de seres humanos que lo están presionando.”
Nada más cierto que esto, pues a mayor número de personas, mayor demanda de productos y servicios. Por consiguiente, se necesitan más recursos naturales y materias primas para producir más y distribuir más, lo que finalmente resulta en mayor cantidad de residuos y desechos. En fin, en una mayor huella ecológica, cada vez más potente y destructiva.