El funcionamiento de las turbinas del conglomerado empresarial Sinop Energía, en el que participa la empresa Electricité de France (EDF), lejos de ser una solución para las regiones que carecen de electricidad, como era de esperarse, se ha convertido en un grave problema medioambiental.
Apenas inició la instalación de su planta hidroeléctrica, comenzó el desastre.
Empezó la tala y el retiro de la cobertura vegetal de más de 200 kilómetros cuadrados, y las inundaciones de la vegetación que aún rodea los embalses. Esta se ha descompuesto, se ha muerto. Y todo indica, que el agua del río que le circunda también.
Los químicos usados permanentemente en la planta han dejado este territorio cargado de gases de efecto invernadero, principalmente dióxido de carbono y metano, que se liberan a la atmósfera cuando la represa abre sus compuertas.
Así, esta y todas las centrales hidroeléctricas, ni tan limpias ni tan verdes como han pretendido mostrarlas sus defensores, hacen su contribución al calentamiento global, acaban con áreas sustanciales de bosques y amenazan a los ecosistemas acuáticos.