La sociedad avanza y con ella la tecnología. Cada día el mercado nos presenta nuevos aparatos electrónicos con la promesa de ser mejores que los anteriores. Las tiendas (físicas y on-line) están saturadas de teléfonos, televisores, neveras, lavadoras, y todo aparato que supuestamente nos va a hacer la vida más fácil. Pero esto que, para el comprador común, como tú y como yo, puede significar una ventaja, para el planeta es una gran amenaza. Fíjate:
Para el 2018, según Naciones Unidas, ya habíamos generado unos 48,5 millones de toneladas de residuos electrónicos, lo que pesarían 4.500 torres Eiffel, y lo que supone un valor anual de más de 62.500 millones de dólares. Y esto tiende a empeorar. Se estima que la cifra aumente a 120 millones de toneladas para el 2050.
Ahora bien, evidentemente la generación incesante de estos residuos, como consecuencia del extremo consumismo, es un gran problema para el mundo entero, al igual que su tratamiento, reciclaje o reutilización. Los países que los producen no quieren hacerse cargo de ellos y por eso se han ideado una jugada perversa: enviar la basura electrónica a otros países, pero no a cualquiera, a los subdesarrollados, a los empobrecidos. A África principalmente. Nigeria es uno de sus favoritos. Solo al puerto de Lagos llegan alrededor de 60.000 toneladas cada año. ¡De forma ilegal!
Un informe del Centro de Coordinación del Convenio de Basilea (2018), asegura que al menos 15.700 toneladas (25,7%) llegan bajo el pretexto de ser equipos usados y que 77% de ellos provienen de la Unión Europea. Le siguen China y Estados Unidos, que envían 7% cada uno.