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El negocio del aceite de palma en Indonesia deja más pérdidas que ganancias

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El entorno natural que ha servido de sustento durante cientos de años a millones de personas en Sumatra y en Borneo, hoy lucha por subsistir entre los monocultivos. El negocio del aceite de palma en Indonesia amenaza con devorarlo por completo.

aceite de palma en Indonesia

El aceite de palma es un producto comúnmente usado en la elaboración de alimentos procesados (galletas, pizzas congeladas, chocolates), productos de higiene (cremas, jabones, detergentes), cosméticos (maquillaje) y de biocombustible. Es tan versátil como comercial. Lo que lo vuelve tan dulce como la miel para unas abejas empresariales que andan merodeando todas las reservas naturales del mundo en busca de todo aquello que les genere, al precio que sea, inmensas riquezas. Tanto es así que hoy se habla de una industria del aceite de palma, cuyo negocio está valorado en 60.000 millones de dólares, y cuyos beneficios solo van a parar a manos de los poderosos, porque en realidad no hay señal alguna de que algo bueno deje en el medio ambiente donde se instala ni mucho menos en quienes habitan en él, pueblos indígenas y pequeños agricultores.

Con las gigantescas plantaciones en Borneo y Sumatra, Indonesia lidera la producción global de aceite de palma.

Los hilos que mueven el negocio del aceite de palma en Indonesia

Negociaciones desequilibradas e injustas. Compras, ventas y alquileres, en la mayoría de los casos, con información poco clara o falsa. Asociaciones turbias, sobornos y chantajes. En eso se basa el comercio del aceite de palma en Indonesia, y en el mundo. Así se logra.

Quienes producen y proveen de aceite de palma a grandes empresas de alimentación y cosmética como Coca-Cola, Nestlé, Cargill, Kellogg’s, Procter & Gamble y Unilever, se encargan de ir por la región comprando (o robando) tierras, engatusando a los pequeños agricultores con sumas de dinero apetecibles y muy tentadoras  para quienes deben arreglárselas día a día para ganarse la vida y cada bocado. Así se han ido apoderando de valiosas turberas. Así las han convertido en plantaciones

Según un informe de Greenpeace, publicado el 4 de noviembre de 2019, los 30 grupos productores de aceite de palma con mayor relación con los incendios forestales del 2019 en Indonesia comercian en el mercado global y abastecen a las principales empresas de bienes de consumo.

Hay que decirlo, gracias además a la concesión de licencias sin previa consulta a las comunidades locales y débil fiscalización por parte del gobierno indonesio, y como sostiene Sol Gosetti, de Greenpeace, a “leyes mal aplicadas, que en algunos casos también están mal planteadas”.

plantaciones ilegales de aceite de palma

Así, el poder político y el poder económico, entramados en hilos de corrupción, se enriquecen, mientras el bosque y las comunidades locales pierden todo.

¿Cómo se mueve el negocio?

  • Con devastación

Talar y quemar son dos procesos esenciales para que la tierra se destine a la plantación de filas interminables de palma. Evidentemente, el resultado es trágico. La transformación del paisaje es mucho más que eso. 

importancia de los bosques
La Importancia de los Bosques

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Al deforestar el bosque:

    • Se acaba con las turberas. Gracias a ello, se liberan ingentes cantidades de carbono a la atmósfera, lo que contribuye directamente con la contaminación del aire transfronteriza en el sudeste asiático, y con el cambio climático mundial.
    • Desaparecen especies de plantas, muchas de ellas medicinales, otras, usadas para la alimentación o como materiales para la fabricación de esteras y cestas artesanales que sirven, además, como fuente de ingreso para las comunidades locales.
    • Se destruye el hábitat de muchas especies y se les condena a la extinción. Es el caso de orangutanes, tigres, elefantes y rinocerontes en Borneo y Sumatra, donde además son cazados, mutilados y asesinados, tratándoseles como invasores en las plantaciones. Algo que según las leyes indonesias está prohibido e implica penas de cinco años de cárcel y multas por hasta 7.400 dólares. Curioso, ¿no?
deforestación en Indonesia

Para mantener el riego de las plantaciones, se suele alterar el curso natural de las fuentes de agua e instalar presas, lo que hace que en la estación seca el vital líquido escasee en algunas zonas, y que en tiempos de lluvia, las inundaciones sean más frecuentes y más fuertes.

Además, el agua ha cambiado. Los lagos y ríos ya no son ni tan claros ni tan limpios como lo fueron alguna vez. Ahora el agua es oscura y turbia gracias al flujo constante de sustancias químicas empleadas en el mantenimiento de las plantaciones.

Ante esa situación, los peces huyen o mueren. Sus poblaciones disminuyen de forma dramática,  y especies valiosas de la fauna marina quedan sin alimento, lo que afecta la cadena alimenticia de principio a fin.

Todo esto, por supuesto, amenaza el bienestar y la cultura de las poblaciones indígenas y comunidades locales. La forma de vida de quienes habitan en las zonas donde hoy hay plantaciones ha cambiado. El acceso al agua potable es cada vez más difícil, tanto o más que la caza y la pesca como medio sustento.

Cuestiones que generan conflictos vinculados con tierras entre pobladores. Según Konsorsium Pembaruan Agraria (Consorcio por la Reforma Agraria), una organización no gubernamental indonesia, en 2018 se registraron cerca de 410 conflictos que afectaron a 87.568 hogares. Y que por supuesto, son causa y consecuencia del hambre, la pobreza y la pérdida de identidad.

  • Con abuso y explotación

Ante las dificultades económicas, muchas de las personas que viven en lo que se considera el epicentro del comercio global del aceite de palma, no solo se ven obligados a entregar sus tierras al capital despiadado, también hay quienes terminan ofreciéndole su esfuerzo y sudor a cambio de un pago nada proporcional, ni con la carga de trabajo, ni con los riesgos, ni con las implicaciones sociales y ambientales que supone, y con poca o nula protección legal. Para mujeres y niños es aún peor. Ni siquiera hay pago.

Muchos se dedican a esparcir fertilizantes y plaguicidas en las plantaciones, sustancias tóxicas perjudiciales para su salud, o a recoger y transportar un mínimo diario exigido de los frutos de la palma aceitera que han quedado esparcidos por el suelo cuando los racimos, que pesan entre 10 y 30 kilos, caen de lo alto. Otros, trabajan como jornaleros, en la plantación de semillas. Pero todos, en condiciones laborales muy precarias, sometidos a una especie de esclavitud moderna, en la que hay penalizaciones por no alcanzar la meta impuesta o por tareas no completadas, y donde la mujer lleva la peor carga.

La violencia y la discriminación de género por parte de las fuerzas de seguridad, la policía, el ejército y demás actores de la industria de la palma aceitera, tanto empresariales como gubernamentales, parece ser la regla. Se ignoran y menosprecian los conocimientos y experiencia de la mujer como cuidadora y administradora de sistemas de producción y en el manejo de recursos vivos.

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Para los niños, que son llevados a las plantaciones para ayudar a sus padres, el trabajo infantil viene ligado al abuso y a la obligación de dejar los estudios.

En resumidas cuentas, es trabajo forzoso, abuso y explotación. Un cóctel peligroso que además supone represiones si hay denuncias al respecto o la negación a dejar la tierra o a trabajar en ella.

El futuro huele a desolación

Lo que ha ocasionado el negocio del aceite de palma en Indonesia es el común denominador también en Nigeria, Malasia, Tailandia, Colombia y Brasil. Allí también hay miles de personas sufriendo las consecuencias de la llegada implacable de los cultivos de palma, que ahora se hacen llamar “sostenibles”. También ven cómo el prometido crecimiento económico se traduce en la desaparición de cientos de hectáreas de vegetación y de animales, en la violación de derechos humanos y en la desigual tenencia de la tierra y la distribución de riquezas. Por eso, voces del mundo se han alzado contra la producción del aceite de palma y a favor de la ejecución de prácticas de agricultura regenerativa, pero hasta ahora no se ha logrado un avance significativo.

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El asunto es que de seguir por esta senda, la sentencia está escrita. Se marcha en sentido a la desolación de los pueblos, a la extinción de especies, y por qué no, del hombre en esas tierras. Y de ser así, ¿qué sigue? “Todos sabemos que no hay negocio en un planeta muerto” (Annisa Rhamawati, activista forestal de Greenpeace Indonesia).

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