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Construcción de infraestructuras en los océanos amenaza el futuro de la humanidad

La ambición del hombre definitivamente no tiene límites. No le ha bastado nunca con arrasar miles de hectáreas de bosques y destruir valiosos ecosistemas para satisfacer sus deseos. Su sed por ganar espacio, poder y dinero le ha llevado a meter sus manos en la naturaleza. Ni el mar se ha salvado de su falta de piedad. Se ha dedicado a la construcción de infraestructuras en los océanos. Lamentablemente ya se ha instalado en unos 30.000 Km cuadrados y ha obviado las consecuencias de su actuar: modificaciones a la vida marina, alteración de ciclos naturales y perturbación de patrones climáticos. Ignora, incluso, que estos cambios le pasarán factura tarde o temprano.

expansión de la construcción de infraestructuras en el océano

La creación de islas artificiales, centrales hidroeléctricas y granjas de peces se ha convertido en la excusa perfecta para adentrarse en el mar e instalar todo tipo de infraestructuras que prometen ser iconos de la modernidad con “perspectiva medioambiental”. Pero, lo cierto es que la construcción en áreas marinas, con interés económico, territorial y político, está muy lejos de serlo. Cada vez hay más evidencias de que la mano del hombre, los materiales, equipos, maquinarias que se asientan en estos espacios dejan huellas difíciles, y muchas veces imposibles, de borrar.

Cemento, acero y tierra invaden los océanos

En el 2015, el Global Land Cover-SHARE publicado por la Organización para la Alimentación y la Agricultura de la ONU (FAO) alertaba que 0,6% de los ecosistemas terrestres habían sido modificados por el hombre para la construcción de urbes y carreteras a escala global. Si ya ese dato era aterrador, lo que se ha revelado recientemente reactiva las alarmas medioambientales.

Un estudio publicado en la revista científica Nature Sustainability presentó la primera cartografía que da cuenta de las modificaciones que el hombre ha realizado en los océanos con el fin de instalar puentes, túneles, plataformas petrolíferas y de gas, parques eólicos, puertos, marinas, arrecifes artificiales y más.

La información que fue recabada por un grupo de expertos de la Universidad de Sídney y del Instituto de Ciencias Marinas reveló que para el 2018 el hombre había realizado obras de infraestructuras en 0.008 por ciento del océano, lo que equivale a 30.000 kilómetros cuadrados. Tal extensión es considerablemente mayor que la superficie global de algunos bosques de manglares y lechos de pastos marinos.

Lo más preocupante es que el desarrollo urbanístico en los océanos va al alza. Según la directora de la investigación, Ana Bugnot, “los números son alarmantes”. Se prevé que para el 2028 aumenten entre 50 y 70 por ciento los proyectos de ampliación de infraestructuras de energía y acuicultura en varios países del mundo, por lo que es posible que la tasa de expansión de la huella oceánica alcance o peor aún, supere los 39.400 km2.

Los investigadores advierten que “esto es una subestimación” puesto que “hay una escasez de información sobre el desarrollo de los océanos, debido a la mala regulación de este en muchas partes del mundo”.

aumenta la huella oceánica

La construcción de infraestructuras en los océanos tiene un alto costo

Si bien estas modificaciones marinas no son un tema propio del contexto actual, el desarrollo que han tenido desde mediados del siglo XX está multiplicando y acelerando los efectos que ellas acarrean, que valga decir, son en su mayoría complejos y negativos.

Aunque la industria de la construcción asegure que erige estructuras flotantes, encima del agua, para respetar y proteger el ecosistema marino, la verdad es otra. Cualquier instalación en el mar, bien sea con el fin de crear defensas contra las inundaciones o para dar supuestas soluciones a las necesidades de transporte, recreación y energía, implica, entre otras cosas, la realización de dragados masivos para extraer ingentes cantidades de arena, la introducción de maquinaria pesada y el esparcimiento de sustancias químicas tóxicas.

Todo esto es parte de un negocio muy lucrativo para la industria de ultramar que comercia toneladas de arena, tierra y rocas extraídas y vendidas a países asiáticos principalmente, pero para los ecosistemas oceánicos, esa expansión urbana lo que deja es una larga estela de desventajas.

Lo más grave del asunto es que los efectos de la urbanización en zonas marinas van mucho más allá del espacio donde se instalan esas grandes construcciones que, por lo general, suelen ser las áreas costeras más biodiversas y productivas. Según los investigadores, el alcance de ellos es bastante similar al de la urbanización terrestre.

Las construcciones mar adentro crean confusas estructuras bajo la superficie del agua, provocan cambios en el paisaje marino y alteran en la calidad y flujo del agua, lo que innegablemente causa estragos en los organismos marinos y sus hábitats.

Cuando se calcula el impacto colateral de estas áreas modificadas, como el cambio en el flujo de corrientes y sedimentos alrededor, o el impacto de la contaminación que generan tenemos que concluir que realmente su huella ecológica afecta a dos millones de kilómetros cuadrados, es decir, más del 0,5% del océano

Ana Bugnot.

Entre las principales consecuencias de la edificación de infraestructuras en los océanos está:

  • La destrucción de los arrecifes de coral que sirven de alimento a cientos de especies marinas, protegen las costas del impacto de las olas y sustentan la economía de las comunidades de pescadores.
  • La desestabilización de importantes y valiosos ecosistemas costeros (manglares, salinas, etc.).
  • El aumento de riesgos, sobre todo en zonas propensas a terremotos, para quienes se asientan en tales infraestructuras pues el hecho de edificarse sobre sedimentos dragados las hace carecer de suficiente firmeza y estabilidad.
consecuencias de la expansión de infraestructuras en el océano

Hay que poner freno a la invasión de ecosistemas marinos

Algunos no lo saben, otros lo ignoran, por eso es preciso hablar de la importancia del agua para entender la necesidad de cuidar la salud de los océanos.

Todo ser vivo necesita de ella para existir. Muchas de las funciones vitales dependen del preciado líquido, al igual que muchos de los ciclos bioquímicos de la naturaleza. Por tanto, tal y como dicen los expertos, “hay una necesidad urgente de mejorar la gestión de los entornos marinos”. La humanidad no se puede dar el lujo de que los efectos de la superpoblación, la industrialización y la globalización sean cada vez más notorios y trascendentales. No puede permitirse que el crecimiento de infraestructuras en los océanos le arrebaten las posibilidades de vivir en un mundo biodiverso.

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