Los modelos productivos meramente capitalistas anteponen sus beneficios económicos a las necesidades alimentarias de las personas y el respeto por el medio ambiente. Trabajan en función de la abundancia y la acumulación, priorizan la rentabilidad, explotan y empobrecen a los productores, monopolizan el sistema agroalimentario y ofrecen productos de baja calidad que no satisfacen verdaderamente las necesidades nutricionales de la población.
Las políticas agrícolas actuales son sus aliados. Favorecen a un puñado de empresas multinacionales que entienden lo producido como una mercancía y no se detienen a mirar los problemas que ocasionan: contaminación, despojo de tierras y recursos, pérdida de biodiversidad, degradación de paisajes, deforestación, migración, obesidad y otros trastornos a la salud. Especulan, privatizan, ocultan información sobre el origen de los alimentos y el dominio de las trasnacionales sobre las producciones agrícolas, dejan pocas opciones para que podamos escoger qué comer. Incentivan la desigualdad, la pobreza y el hambre.
Una fórmula que no se ajusta a las necesidades del planeta y que hace dirigir la vista hacia una alternativa más honesta y comprometida con la salud del consumidor, el comercio justo y la vida del planeta: la soberanía alimentaria.