Esos gases, en especial los óxidos de nitrógeno y el dióxido de azufre, al entrar en contacto con la humedad del aire forman ácido sulfúrico, ácido nítrico y ácido clorhídrico, sustancias químicas que alteran las propiedades naturales de la lluvia otorgándole un pH más bajo del habitual (que fluctúa entre 5 y 7), suben a la atmósfera, y pueden depositarse en forma seca, como gas o pequeñas partículas, o en las nubes para luego, gracias al ciclo hidrológico, caer en forma de precipitaciones, ya sea como rocío, lluvia, llovizna, granizo, nieve o niebla. Aquí el viento juega un papel importante, pues las corrientes de aire ayudan a que los contaminantes atmosféricos puedan recorrer grandes distancias, al ser trasladados a casi cualquier lugar de la superficie terrestre antes de caer en la Tierra.