Una exposición prolongada al radón puede ser letal. Una vez en el aire, este gas se descompone en pequeñas partículas radioactivas (progenie del radón) que al ser inhaladas en grandes dosis, se acumulan en el tejido pulmonar, ocasionándole daños graves a su ADN, a tal punto de ser un agente potencialmente cancerígeno. Así lo declaró la Agencia de Protección Ambiental de USA (EPA) en 1987, la Agencia Internacional de Investigación en Cáncer (IARC, por sus siglas en inglés) en 1988, y en lo sucesivo, el National Toxicology Program (NTP), luego de identificar como causa de muerte de cientos de trabajadores de minas subterráneas de uranio expuestos al radón, el cáncer de pulmón.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre el 3% y el 14% de los tumores pulmonares están provocados por la exposición al radón. Por ello, se le considera como la segunda causa de cáncer de pulmón después del tabaquismo.
Un estudio de Small Cel’ asegura que el radón tiene gran influencia en el cáncer de pulmón de células pequeñas (CPCP) o cáncer microcítico. Según sus resultados, de 113 casos evaluados, 63 se asociaron a la exposición del radón residencial, 95% de ellos correspondía a personas fumadoras o exfumadoras.