Es el proceso mediante el cual las tierras cultivables de las zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas, se convierten en desiertos, perdiendo así su capacidad productiva. Esto conlleva a la pérdida de suelos fértiles y a la incapacidad de los ecosistemas para cumplir con sus funciones.
Suele confundirse con la desertización, que es la invasión de tierra por las dunas, es decir, la extensión de los desiertos por razones estrictamente naturales; pero realmente se refiere a la vulnerabilidad de los ecosistemas de zonas secas que cubren el 40% de la superficie de la Tierra. Se trata de la desaparición de la cubierta vegetal que mantiene la capa fértil del suelo.
La desertificación, o degradación del suelo, ha ocurrido por años, no es un tema que ha surgido recientemente; pero la preocupación se despierta por el ritmo acelerado al que está sucediendo en los últimos años.
En el mundo hay al menos 100 países que sufren por la aridez o semiaridez de sus suelos, pero los más afectados por la desertificación están en África y Asia, donde la agricultura de subsistencia es común. Le siguen América Latina y El Caribe. Los ejemplos son tan claros como preocupantes: