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El panga vive bajo la lupa medioambiental

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Cuando se habla de dieta equilibrada, muchos nos recomiendan ingerir pescado. Nos dicen que es un alimento rico en proteínas y ácidos grasos Omega 3. Pero, poco se dice acerca de los niveles de toxicidad que pueden tener o del impacto ambiental causado por sus sistemas de producción. Hoy, te contamos todo lo que necesitas saber acerca de un pescado tan popular como polémico: el panga.

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Un alimento rico en proteínas y ácidos grasos Omega 3

El panga es un pescado de río o de agua dulce, y herbívoro. Crece a gran velocidad y engorda en poco tiempo. En su fase adulta, puede alcanzar una medida de un metro y medio de largo y un peso aproximado de cuarenta y cinco kilogramos. Además, se adapta a todo tipo de entornos y tiene una extraordinaria resistencia.

Es un pescado blanco que no tiene espinas. Es fácil de comer y fácil de cocinar, lo que le hace especialmente atractivo para su consumo. Llega a los supermercados en forma de filetes congelados o refrigerados.

El panga, una historia de éxito económico​

El panga ha sido un importante alimento en la gastronomía vietnamita. En principio, este pescado se producía, para el autoconsumo familiar, en los campos de cultivo de arroz; así como también, para la venta local y regional; pero, poco a poco fue ganando interés comercial a escala global.

Algunos pescadores comenzaron a acondicionar criaderos artesanales; y, una vez que la economía nacional comenzó a desarrollarse, las granjas ganaron tamaño hasta convertirse en el pilar de la balanza exportadora de Vietnam.

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El panga era, o es, un importante alimento en la gastronomía vietnamita

En el año 1995, la producción de panga vietnamita se situó en las 12.000 toneladas y para el 2004 ya superaba las 30.000 toneladas. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en 2016, la cifra ascendió a 515.053 toneladas. Su precio, extraordinariamente competitivo con respecto a la merluza o el lenguado, le abrió las puertas en los mercados occidentales. En Europa, especialmente, le recibieron con placer.

Sin embargo, ese éxito pronto debió enfrentar fuertes acusaciones que cuestionaban los sistemas intensivos de producción y las condiciones sanitarias del panga.

  • ¿Dónde está el problema con el panga?

La incesante demanda del panga se tradujo en un sistema de producción masivo poco sostenible, cuyo impacto perjudicial en el medioambiente es innegable.

La mayor cantidad de este pescado procede de la acuicultura intensiva. Miles de pangas son criados en cajas flotantes, en jaulas, charcos o en balsas excavadas en la tierra, donde se les limita su capacidad para movilizarse, se les alimenta sin parar y se les somete a grandes niveles de contaminación generada por químicos, medicamentos, residuos y excrementos.

Aunque también es producido en Tailandia y Bangladesh, es uno de los principales productos de exportación mundial de Vietnam. Este país asiático ha dedicado, para la cría de pangas, más de un millón de hectáreas del delta del río Mekong, uno de los más contaminados del país. Este ecosistema de manglar está siendo destruido debido, precisamente, a la producción de esta especie; y por la presencia, en sus orillas, de empresas industriales y viviendas que lanzan allí sus vertidos.

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Miles de pangas son criados en cajas flotantes, en jaulas, charcos o en balsas

El cultivo de panga a gran escala ha generado importantes cambios en las zonas productoras. Le ha ganado terreno a la agricultura, modificando el uso del suelo en las inmediaciones del Mekong; aumentando la deforestación, especialmente de manglares, y llevando a las poblaciones ribereñas a abandonar sus medios de vida tradicionales.

A esto, hay que sumarle la huella de carbono que deja su sistema de distribución, que implica el transporte de filetes de panga a grandes distancias: España, Francia y Bélgica, son de los principales importadores.

Y ni hablar de las repercusiones sociales… Su sistema de producción es barato, lo cual hace que las condiciones de trabajo y los sueldos sean precarios.

  • ¿Se puede comer panga o no?

En España, principal consumidor del panga, la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) recomendó en el año 2010 una ingesta máxima de una vez por semana. Esto, tras haber encontrado trazas de trifluralina, un herbicida prohibido en Europa, en 4 de 23 filetes de panga analizados.

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Los controles sanitarios, comprueban realmente los niveles de salubridad del panga

Posteriormente, otros estudios han encontrado rastros de mercurio, cadmio y otras sustancias nocivas en el panga y en otros alimentos pesqueros de consumo humano. Aunque aseguran que no se ha tratado de niveles de toxicidad extremadamente altos, sí han alertado que los encontrados pueden generar, a la larga, efectos negativos en el sistema inmunológico, en el sistema nervioso y en el endocrino.

Además, existe la duda de cuánto pescado es realmente analizado en los puestos de inspección fronteriza, cuántos cumplen con todos los controles sanitarios o, si estos son suficientes para comprobar sus niveles de salubridad.

Un pescado con mala fama

Todo esto, llevó al panga a ser descartado de los comedores escolares, de los menús en los hospitales e incluso de los supermercados, especialmente en España, Francia y Bélgica; tras la decisión de la cadena de distribución Carrefour de retirar el panga de los establecimientos, como medida preventiva por las acusaciones medioambientales en contra de la producción de este pescado.

El panga ha ganado protagonismo en los medios sociales en los últimos años, pero no hay que olvidar que no es el único pescado cuya producción y consumo elevado constituye un problema. Ahí tenemos el caso del atún rojo, que no solo está en riesgo de desaparecer, sino que, los que llegan a cientos de mesas tienen altos niveles de contaminación por metales pesados.

El panga no es la única especie que se somete a condiciones deplorables para su cría; las vacas, los pollos, los cerdos, no escapan del sacrificio ni de los métodos más contaminantes de producción industrial. Es tiempo de repensar nuestros hábitos de consumo. Es momento de hacernos cada vez más responsables y conscientes de cómo se producen y distribuyen los alimentos que llegan a nuestra mesa y a nuestra boca.

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