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La caza furtiva y la pandemia ponen de nuevo a las vicuñas en peligro de extinción

Perú y sus comunidades altoandinas no bajan la guardia. Durante cinco décadas han luchado por sacar a las vicuñas de la lista de especies en peligro de extinción. A finales de la década de 1960, la IUCN declaró a la especie en riesgo. En ese entonces se estimó que quedaban entre 5.000 y 10.000 ejemplares. En la actualidad la vicuña se encuentra clasificada en la categoría de Preocupación Menor.  

Vicuñas en peligro de extinción

Pese a todos los esfuerzos a lo largo de los años, la caza furtiva siempre es una amenaza que está presente. Durante la pandemia, en pleno confinamiento, se estima que los cazadores ilegales les han dado muerte a, al menos, 200 vicuñas. Esta especie es insignia de la región andina de Perú y base fundamental de la economía de una de las regiones más pobres del país andino.

Junto con la alpaca y la llama, la vicuña es un camélido emparentado con los camellos y dromedarios del desierto y las estepas. Sin embargo, solo habitan en zonas de altura y bajas temperaturas. De los camélidos suramericanos, la vicuña es la especie más vulnerable, puesto que no puede vivir en cautividad como la alpaca y la llama y tampoco puede ser usada para carga.  

La vicuña es perseguida por las bandas criminales que se dedican al tráfico de su preciada lana, una de las fibras más costosas del mundo. Su práctica es sanguinaria y despiadada porque consiste en darles muerte antes de esquilarlas, al contrario de lo que hacen las comunidades indígenas. Una vez que los cazadores matan al animal, huyen hacia Chile o Bolivia dejando tirados los restos.

El fuerte vínculo entre las vicuñas y los indígenas

La importancia que entrañan las vicuñas para los indígenas se remonta a la era del imperio Inca. Desde ese entonces, este animal es sustento, cultura y cosmogonía de los pueblos originarios de Perú y de los Andes suramericanos. La vicuña forma parte de la identidad peruana, está incluida en la enseñanza escolar y su nombre es apellido de muchos peruanos.

Conservación de las vicuñas en Perú

Algunos estudiosos afirman que la relación de los peruanos con las vicuñas es, incluso, más antigua. Se han encontrado pinturas rupestres donde se les representa. Durante el incanato, la vicuña era considerado un animal sagrado. La realeza se vestía con sus codiciadas lanas y cazarlas ameritaba pena de muerte.

En aquella época existía una práctica llamada Chaccu (en la actualidad es conocida como chaco). Consistía en una suerte de rodeo que se celebraba cada tres o cuatro años, donde se atrapaban a las vicuñas, se les esquilaba y luego se dejaban libres. Antes de la llegada de los españoles, se calcula que la población de vicuñas rondaba los 2 millones de ejemplares.

La introducción de las armas de fuego y la caza no controlada condujo a la población de vicuñas al borde de la extinción. Esta situación se mantuvo hasta bien avanzado el siglo XX, cuando la industria de la moda descubrió las bondades y las características únicas de la fibra textil de la vicuña.

Un trabajo de más de 50 años

Durante casi seis décadas, Perú ha estado trabajando en la conservación de la vicuña. Esta labor rindió buenos frutos y en el censo de 2012, el último que se llevó a cabo, la población estaba conformada por un total de 208.899 vicuñas.

En la actualidad se estima que el número ronde las 450.000 vicuñas, aunque esta cifra es solo una estimación, porque hasta ahora no se ha podido hacer un censo actualizado debido a la pandemia.

La caza furtiva es la peor amenaza para la especie. Este delito tuvo un auge durante las décadas de los 50 y 60 debido a la demanda del mercado internacional de los textiles. La situación se agravó por la competencia entre las vicuñas, una especie silvestre, y el ganado doméstico. Todo este entramado se ha venido desmontando con mucho esfuerzo, aunque el peligro sigue latente.

Ante el escenario de depredación de los camélidos, un grupo de conservacionistas se propuso fomentar la creación de una reserva para la especie. Fue así como en 1967 se crea la Reserva Nacional Pampa Galeras, que desde hace unos años lleva el nombre de la periodista Bárbara D’Achille, una defensora y activista de la naturaleza. Esta reserva es, hoy en día, una referencia mundial en la conservación de las vicuñas.

Voceros de las comunidades indígenas de Ayacucho —provincia peruana emblemática de la vicuña— aseguran que la reserva es un símbolo. El trabajo que se lleva a cabo en ella es lo que ha permitido obtener los resultados que se exhiben actualmente. No dudan en afirmar que fue gracias a esta área protegida que la especie no desapareció.

Reaparece la caza furtiva

El furtivismo, como todos los males, aprovecha la debilidad para regresar con más bríos. En los años 80, las comunidades indígenas que se encargan de la vigilancia y el control de la reserva sufrieron los rigores de la lucha armada. Sendero Luminoso destruyó parte de las instalaciones de la reserva y amenazó a los guardaparques.

La caza furtiva pone en peligro a las vicuñas

Aquel ambiente de caos e incertidumbre permitió que se bajara la guardia y la caza furtiva reanudara sus actividades. En el año 1991, el gobierno peruano entregó el control total de la reserva a las comunidades originarias, cediéndoles la conservación, la vigilancia y los beneficios de la fibra de la lana de las vicuñas.

Fue así como los propios habitantes de la región crearon comités de vigilancia que echaron a los cazadores e iniciaron un negocio sostenible que hasta la fecha permite el sustento de cientos de familias.

Ahora es la pandemia de Covid-19 la que abre las puertas al regreso de los cazadores ilegales. La comercialización de la fibra se ha visto impedida y ese hecho ha mermado los ingresos de las comunidades. Al no haber ingresos, no hay cómo pagar la vigilancia de la reserva.

Desde el inicio de la emergencia sanitaria se han reportado varios incidentes de caza con el resultado de más de 200 vicuñas asesinadas y con las pieles arrancadas.

Las vicuñas pertenecen a una especie que siempre bordea el peligro de la extinción. Las comunidades que viven de su protección y de la comercialización de su preciada lana siguen alerta. Su principal preocupación ahora es reanudar los chacos y reactivar la actividad que devuelva el dinamismo económico a la región y que se pueda dar protección a las amenazadas vicuñas.

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