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Consumo ético

Los alimentos kilométricos son muy costosos para el planeta

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Nuestra forma de alimentarnos tiene un impacto en el medioambiente. Los alimentos kilométricos, aquellos que recorren largas distancias antes de llegar al plato, representan una de las formas de contaminación más comunes y de la que se tiene menos conciencia. La fuerza de la costumbre hace que no se cuestione de dónde y cómo llegan los alimentos a los anaqueles de los grandes supermercados.

Qué son los alimentos killométricos

Los alimentos que llegan a la mesa y a las despensas, la mayoría de las veces proceden de sitios muy distantes de los centros de acopio y consumo. Este proceso representa un gasto de recursos energéticos, medioambientales y económicos muy elevado y que solo favorece a un modelo de consumo. Alimentarse no solo es satisfacer una necesidad fisiológica. Consumir las calorías necesarias para la vida es un ejercicio político y social que tiene un impacto en el medio ambiente.   

Lo ideal para la salud del planeta, y en consecuencia para la del ser humano, es que los alimentos que se consuman sean producidos localmente. Sin embargo, el modelo económico y las grandes trasnacionales de la agroindustria favorecen que la alimentación esté formada por rubros que no se cultivan o producen de manera local, sino que deben ser trasladados haciendo miles de kilómetros de recorrido antes de llegar al consumidor.

Este mecanismo de producción y consumo no solo tiene un profundo impacto en los recursos del planeta, sino que favorece la desigualdad en el acceso a los alimentos, el hambre y el desbalance nutricional de la población menos favorecida, así como el sostenimiento de pequeños productores agrícolas, tanto en el Norte desarrollado como en el Sur Global del planeta.

La organización Amigos de la Tierra, un colectivo comprometido con la defensa del ambiente y la soberanía alimentaria, publicó un estudio en el año 2012 que revelaba el recorrido que hacían los alimentos, en el caso específico de España, desde los sitios de producción hasta el consumidor. En el mencionado estudio se afirmaba que, en promedio, los alimentos importados que se consumían habían recorrido casi 4.000 kilómetros antes de llegar a las mesas.

Un modelo que no se sustenta

El actual modelo de producción y consumo de alimentos es uno de los mayores responsables del cambio climático en virtud de que la agroindustria y la industria alimentaria son de las que más emisiones de gases de efecto invernadero producen.

Los alimentos kilométricos son muy costosos para el planeta
Importar alimentos es un negocio que solo beneficia a la agroindustria.

Aunque los cálculos que hacen los especialistas establecen que la agricultura es responsable de entre un 11 y 15% de los gases emitidos a la atmósfera, ese porcentaje puede ascender a un 44-57% si se le suman la deforestación, el uso de agroquímicos, el transporte, el sobre empacado y la refrigeración.

deforestación por acción del hombre tala de árboles
La deforestación y el cambio climático

Para saber más, haz click sobre la imagen

El resultado es que todo ese proceso para alimentar solo a una parte de la población arroja a la atmósfera 4.2 millones de toneladas de CO2, según datos del año 2011. No es difícil inferir que en la actualidad esa cifra se ha incrementado.

Una serie de políticas económicas propiciadas por organismos como la Organización Mundial del Comercio, sumadas a unos precios del petróleo relativamente bajos, han estimulado la importación de alimentos a nivel global. Todas estas líneas de acción se llevan a cabo sin tomar en cuenta el costo ambiental que representan y cómo se profundiza el deterioro del clima, la falta de alimentos, la pobreza y la pérdida de ecosistemas y biodiversidad.

El consumo de alimentos que no se producen de manera local o que no se corresponden con la estacionalidad o el clima, es un modelo impuesto por la industria alimentaria que propicia graves problemas económicos, sociales y ambientales. El caso del consumo de la piña en Europa es un ejemplo que ilustra bastante bien esta situación.

La piña es un cultivo propio de los países tropicales. Aunque en Costa Rica se lleva a cabo desde la colonia, no sería hasta finales de los años 70 del siglo XX cuando la trasnacional Del Monte tecnificó los cultivos y los transformó en monocultivos de alta intensidad y de alta dependencia tecnológica.

Eso trajo como consecuencia problemas de contaminación de suelos y fuentes de agua por pesticidas y agroquímicos y afectación en la salud de los trabajadores. Todo, con el único fin de satisfacer la demanda de países donde la piña es una fruta exótica y ajena a la dieta local.

Y así pasa con el cultivo de la soya, el maíz, el cacao o los garbanzos, que aunque se pueden cultivar en Europa, la gran industria prefiere los de México porque producirlos ahí es más barato. El campesino a cada lado del Atlántico, junto con el planeta, son los más perjudicados.

Cambio de patrones alimentarios

Como todo lo relacionado con el cambio climático y la preservación del medio ambiente: la clave es un cambio en el modelo de consumo. Una dieta donde predominan los alimentos procesados, envasados o empaquetados, procedentes de cultivos de alta intensidad en países explotados del Sur global, es inviable.

Alimentos kilométricos causan pobreza y escasez
La apuesta debe ser siempre en favor de los productores y agricultores locales.

Desde diversos movimientos involucrados en la lucha contra el cambio climático se hacen llamados para modificar modelos y patrones de consumo que puedan cambiar la realidad de los países menos favorecidos.

La apuesta debe ser siempre en favor de los productores y agricultores locales. Si bien las principales políticas comerciales y de seguridad alimentaria quedan en manos de órganos de poder ejecutivo, los consumidores pueden contribuir con el sostenimiento de los pequeños productores mediante la elección de sus alimentos.

Una dieta donde los alimentos kilométricos no tengan cabida sería un primer y firme paso para avanzar en generar los cambios que el planeta y la salud humana requieren. Los garbanzos de México, la soya de Argentina y Brasil o las piñas de Costa Rica, le cuestan al planeta recursos naturales, pérdida de ecosistemas y empobrecimiento de los trabajadores del campo, al Norte y al Sur del planeta.  

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